Se cumplen cincuenta años de la primera vez que una mujer vio las estrellas, de cerca, claro. Y se cumplen cincuenta años de la primera vez que Vasile sintió lo que Romeo y Julieta daban por sentado.

Comentan que es la única que ha estado sola en el espacio. Lo que no se dice es la cantidad de espacio que ha tenido que recorrer Vasile para no sentirse solo.

“Fue toda una sorpresa…y un honor.” Nos introduce nuestro protagonista.

Le llaman Vasile. Quedamos con él en la misma cafetería donde, aún siendo un adolescente, disfrutaba de la expectación creada en toda la URSS por una tal Tereshkova.

No todos los días suspendían las clases para que las familias viviesen juntas una experiencia única y patria como la que en breves momentos daría comienzo.

“Para mí fue una mañana fabulosa, mi padre (al que también habían dado libre el día en la fábrica metalúrgica que le destrozo los pulmones) me llevo al bar donde solía echar sus partidas de cartas y allí me encontré con un par de compañeros de la escuela. La alegría y la chanza parecían haberse propagado por todo el barrio…algo se comentaba de una chica especial, de un logro sin precedentes y de lo grande que era nuestra gran unión soviética…esto ya me lo sabía, pero que el pueblo se uniese entorno a tal sentimiento patrio artificiado desde el kremlin, a mí me hacía sentir “nosequé”

“Café con licor de almendras y un pigorí de carne. Me daba un “ayvatutía” por dentro que no podía parar de reir y llorar mientras acompañaba los cánticos populares que por el bar se extendían”.

“Aplausos, vítores y alabanzas se desgañitaban por las calles…lo bueno de los viajes espaciales es que si no eres tú el que va en el cohete te dejan bastante tiempo libre …así pues, a medida que la gaviota ascendía hacia las estrellas, mi padre y camaradas hacían lo propio con su embriaguez”.

“No es que viese muy bien lo que el televisor en blanco y negro ofrecía. Entre que yo estaba más preocupado porque mi padre me invitase a otro cafecito de esos y uno de mis compañeros de clase estaba emperrado en que le devolviese la postal de Gagarin que según él, le había robado, el espectáculo sovieticoespacial se me escapo de las manos”

Todo ocurrió tras el aterrizaje; Una Chaika, una limusina soviética al más puro estilo JFK, acompañado de un peinado a lo Jacqueline Onassis, un ramillete de flores de acompañante y el pueblo entero alabando a la heroína en las calles. “Ahí sí. Ahí sí que la pude ver bien” (otro día sin cole, claro). “Tenía clarísimo que esa mujer era la cosa más maravillosa que mis hormonas habían contemplado en mi vida. Ni los cafés aliñados de mi padre conseguían hacerme hervir la sangre tanto como esa mujer. Su porte, la banda de músicos que la seguía, su mirada airada y valiente se clavaron en mi espíritu comunista hasta dejarlo seco. Así sí que molaba pertenecer al partido. Esa misma tarde me fui derecho a la sede vecinal donde me dieron mi carnet de militante y gracias al cual estaba convencido de que conocería a esa cosmonauta que me hacía ver las estrellas. Y ya ves tú, cincuenta años, dos doctorados en astrofísica y teología y todo un cafetal en mis riñones después, pude cumplir con el sueño húmedo que mis sábanas llevaban esperando tanto tiempo. Bueno, bueno…es un decir, eh! Que yo mientras conduzco no hago esas cosas”.

Vasile es y será el chófer que llevó a Valentina Tcheresckova por las calles de Moscú el pasado 16 de Junio. Claro está, que esta no es su profesión habitual, pero desde que supo del homenaje que Putin quería hacerle al adalid cósmico, removió cielo y tierra para poder acercarse a ella. “La verdad es que me he pasado la mitad del siglo tratando de conocerla en persona y entre pitos y flautas no lo conseguí hasta ayer. Que si cuando yo entro en la facultad de físicas ella se va a estudiar a Varsovia, que si me matriculo en un master en el que ella impartía clases, va y se coge un año sabático. Que si me voy de veraneo a Nikúlskoye y su médico le recomienda cambiar de aires y bajarse a tierras más cálidas…de verdad que más de una vez estuve a puntito…pero nada, los astros se alineaban para mantenernos en órbitas diferentes.”

Hasta ayer.

“De primeras nadie se fijó, la seguridad estaba más pendiente de la prensa y de que no se colasen unas tías en pelotas (Femen creo que se hacen llamar) que de un señor con chaqueta y gorra de chófer (me costó encontrarla pero sin la gorra habría sido más difícil)”- comenta Vasile con la voz que el sigilo posee.

-¿Qué le pareció que ayer no hubiese nadie por las calles para celebrar el aniversario? – Le pregunto.- ¿No cree que la imagen de Valentina en el mismo coche, con el mismo corte de pelo y el mismo ramo de flores pero sin el gentío de antaño desmerecía la escena?”

“Mañana he quedado con ella, con Valentina”.-responde sin escuchar mis preguntas-. “Le conté lo mucho que la quería y lo mucho que la iba a querer”.- Sus ojos ya no están en el café conmigo haciéndole una entrevista – “Le conté que había comprado una casa en Mallorca y que quería que se viniese a vivir conmigo”.- su sonrisa se aniña – “Le conté que no era celoso y que salvo mi café con licor de almendra no tenía más vicios que el de ver una y otra vez el video de su gran día”- sigue hablando mientras paga los cafés- . Le conté que quería casarme con ella y mañana he quedado con ella. Con Tereshkova.- sale del bar sin despedirse de nadie- “Estoy tan nervioso…”

Tres pasos y un paso de cebra después, se da la vuelta y me dice todo serio: “Ah! Por cierto el ramo de flores no era el mismo, este se lo regalé yo.”

Texto de nuestro colaborador: David Villa Rodríguez

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