La cama es más que un mueble funcional, es un objeto cargado de simbolismo, asociado a eventos trascendentales como el nacimiento, el amor, el placer, la enfermedad y la muerte.

La cama es un territorio íntimo

Nuestro lecho es un micro-cosmos dentro de otro micro-cosmos mayor que es la habitación, dentro de otro mayor que es nuestra casa.

Seguramente habrás probado más de una cama (junto con su dueñ@).

Posiblemente en el primer encuentro con una cama ajena lo primero que has hecho es pasar rápidamente a las pruebas físicas de rigor (la amortiguación); luego, pusiste tu atención (consciente o inconsciente) en detalles como estilo y tamaño de la cama, textura y diseño de las sábanas, olor impregnado… Finalizando en un estado de relajación placentera para observar los objetos alrededor de la cama y el techo sobre tu cabeza…

Quizás todo comenzó al revés; primero un reconocimiento del terreno, y finalmente el combate cuerpo a cuerpo dentro del ring de las cuatro perillas.

Sea como sea que hayan ocurrido los hechos, creo que la conclusión será la misma: ¡la sensación se materializa y te envuelve! estás en un territorio extraño que le pertenece a otro… entonces piensas “la he pasado estupendamente bien, pero me quiero ir a dormir a mi cama”.

¡Claro! Así tengamos un colchón tirado en el suelo vamos a sentir que no hay otra más cálida y guapa que nuestra cama.

No creáis que la frase hollywoodiense: ¿En tu casa o en la mía?, es solo un cliché libertino para dar paso al sexo casual; no, nooo… es más que eso; es la pregunta clave para que la otra parte exponga sus reservas (si las tiene) con respecto a la cama; por regla general la pregunta la hace la persona más flexible y menos quisquillosa.

¿En tu casa o en la mía? Es lo mismo que ¿En tu cama o en la mía?

Con esa pregunta no solo se cierra el acuerdo sexual, sino que también se abre la selección de la cama.

 

 

La situación es un poco diferente cuando dos personas se frecuentan; es más cómodo tener la sesión amatoria y, sobre todo, pasar la noche en la cama ajena. Hasta es divertido alternar camas; pero siempre, siempre, en nuestro ser, escondido en un rincón, estaremos extrañando lo a gusto que se está en la propia.

Ahora, vamos un poco más allá.

Cuando dos personas deciden vivir juntas pasa algo importante en secreto con respecto a la cama.

Quien recibe a la pareja, vive al inicio por una especie de “duelo” dentro de la felicidad de la nueva convivencia, porque tendrá que compartir su micro-cosmos de forma permanente; algo suyo y algo dentro de sí está siendo invadido, ya no habrá más intimidad individual “pura”.

Quien deja su cama para ir a dormir permanentemente en la de su pareja, pasa por el “duelo” de dejar su patria (cama y habitación-piso), y eso, digamos que se siente un poco en las fibras. Seguidamente, viene el período de invasión y conquista de otro territorio, hacerse un lugar, hacerse espacio.

Me vino a la mente un capítulo de “Two and a Half Men” (Dos hombres y medio), en el que Charlie le pide a Chelsea (su única relación “duradera”) que se mude con él. La trama es que la mujer poco a poco va feminizando la habitación de Charlie, hasta el punto de vestir la cama con edredón y almohadones de un floreado chillón; fue la gota que derramó la paciencia de Charlie.

¡Me parto de risa de solo recordar el episodio!

Como en esta vida no hay que ser mezquinos, he buscado la escena cumbre para el deleite de todos vosotros…

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Y ya que estamos aquí, para finalizar, les cuento un chiste latino de cama…

 

 

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