Segunda entrega de “¿Por qué el paraíso es una isla?”

12 horas de vuelo dan para mucho, incluso para aprender lo básico sobre la Île Maurice. De entrada todo parece bastante civilizado. León se dirige a la cola de taxis para iniciar su búsqueda en la capital, Port Louis. Se sorprende que el taxista sea chino, pero rápidamente queda explicado que los sino-mauricianos representan el 3% de la población. Mauricio es un punto de encuentro de culturas en medio del Índico, donde la población hindú es la predominante. También descubre que en Mauricio se encuentra el Grand Bassin, un lago situado dentro de un cráter y el lugar más sagrado para el Hinduismo fuera de la India.

Nada más llegar a Port Louis tiene la sensación de que estaba en el lugar equivocado. No se vislumbraba el ambiente soñado de una isla. Como era sábado, el taxista le ofrece visitar el Champ de Mars Racecourse, el hipódromo de la capital inaugurado en 1812 por el Mauritius Turf Club, el segundo club hípico más antiguo del mundo. Resulta que las carreras de caballos es el entretenimiento nacional. León agradece las indicaciones y acepta apostar. Al fin y al cabo esta aventura es una gran apuesta.

Una pareja de franceses que residen en la isla le aconsejan visitar la jungla, en el sur de la isla. “Los turistas nunca llegan a esa zona, siempre buscan las playas de agua cristalina”. “A Sofía le gusta el mar”. Los franceses no parecen entenderle. Inmediatamente se dirige a Grand Baie.

Esto ya empieza a parecerse al paraíso. Esta franja que va desde Grand Baie a Pereybere, pasando por Trou aux Biches recuerda al Caribe, donde la naturaleza tropical se funde con el agua transparente de fondos arenosos provenientes de la erosión de conchas y corales. Las playas, sin embargo, están prácticamente vacías. Los locales acuden para hacer picnics bajo la sombra de los arboles, pero no parecen interesados en bañarse. Existen muchos resorts de lujo, donde con total seguridad no encontrará a Sofía.

Después de un largo día, decide refugiarse en un casa de huéspedes para visitar el sur de la isla al día siguiente. Quizá los franceses tenían razón.

Tras muchas horas cruzando campos de caña de azúcar, fábricas textiles y de conservas de pescado, llegar hasta Chamarel fue como un viaje introspectivo. Las montañas verdes, acuchilladas por profundos barrancos por donde cae el agua violentamente. El color rojizo de la tierra abarca tantos tonos como el arco iris. Paró en una pequeña casa de madera que parecía lugar de reunión de locales. Por el cartel de Coca-Cola en el exterior, supuso que podría tomar algo. La gente del bar era todos de ascendencia africana. En el viejo equipo de música sonaba algo como reggae mezclado con ritmos africanos. “Exacto” afirmó el dueño del bar. “Lo llamamos Seggae”. El inmenso señor africano le sirve un vaso con ponche, macerado por él mismo. “¿Qué haces en Chamarel amigo?”

“Soy como un barco con las velas izadas y el timón roto”

Mauricio es tan diverso que parece un microcontinente. En dos días he hablado con chinos, hindúes, africanos y europeos. Es maravilloso, pero Sofía no está aquí y debo seguir buscando.

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