El sexo en el cine comercial era como una historia de desamor. Existían mitos eróticos como Marilyn Monroe, o antes Jane Russell y después Jayne Mansfield. Eran tiempos en los que la imaginación tenía que hacer trabajos forzados para adivinar lo que escondían trajes un poco más ajustados de lo normal. Luego haría acto de presencia Russ Meyer, quien revolucionaría el cine erótico (que no “x”) con unas producciones que se definieron de serie B, en las que las voluptuosidades de las féminas empezaban a verse de manera explícita. Pero solo era eso, “cine de serie B”. Y lo que parecía la punta de un iceberg, se quedaría a medio camino…

 

Hollywood. Estados Unidos.

Nos situamos en los años 80. Estamos en la época de Reagan, lo que equivale a conservadurismo. En la meca del séptimo arte, jugársela con contenido explícito era un tema cercano a lo tabú. Sin embargo, las grandes productoras descubrieron que otras con menos presupuesto vendían más con incluyendo escenas de sexo. Películas independientes, extranjeras o menores. Había que buscar una solución. ¿Qué puede vender más que el sexo? ¡Y premio! Surgió el escándalo. No se centraban en atraer a una parte del público simplemente mostrando los encantos de actrices o actores determinados, sino en atraer a todo el público, en bloque, fabricando un aura de escándalo en torno a una película determinada que estuviese a punto de estrenarse. La industria X seguía facturando, el erotismo foráneo no parecía decaer, pero en la meca del cine tenían su manera de competir con ellos: las películas-escándalo. No elevadas de tono desde el punto sexual de manera excesiva, pero entraban en juego las campañas publicitarias. A favor, en contra… La cuestión era que todo el mundo quisiera acercarse a verla. ¿Actores? ¿Trama? No, se trataba de descubrir por uno mismo qué provocaba todo ese revuelo…

La primera gran película de ese sub-género que recuerdo es “9 semanas y media”, con una exuberante Kim Basinger, que nos descubriría una especie de erotismo para todos los público. Y el marketing haría el resto: las imágenes más morbosas (por no decir todas las morbosas) aparecerían en la mayoría de los medios. Una estrategia comercial brillante. Que mejoraría unos años después el film que considero el cénit de esta línea de cine: “Instinto básico”.

Comienzos de los 90. Si bien Kim Basinger nos mostró gran parte de su anatomía, el cruce de piernas de Sharon Stone significaría otra vuelta de tuerca. Una de las escenas más recordadas de todos los tiempos. En una película que simplemente es pasable, si nos centramos en la trama, y restándole los espejos o diálogos a 3 centímetros. Para comprobar si la protagonista había enseñado realmente sus partes más íntimas en ese momento cumbre, había que pagar una entrada. Y vaya si se pagaron. De nuevo, los encargados de comercializar la producción dieron de lleno en la diana. En este caso la curiosidad no mataría al gato, sino que equivaldría a gallina de los huevos de oro.

Aunque si bien estas películas fueron un éxito, no todas dieron en el clavo. “Acoso”, “Striptease”, “Showgirls” o “Acosada” fueron intentos fallidos que aspiraban a reventar taquillas. Algunas por su repetitivo argumento, otras por sus pésimas tramas. O quizás, y esta es mi apuesta, porque ya la gente no se fiaba y escuchaba las críticas de quienes habían insistido en apostar por el género a la hora de pagar su ticket.

Pero de algo serviría todo este movimiento. Aunque los films vacíos pasarían al olvido, las escenas de sexo en cualquier producción ya se aceptarían como algo común. Ya a nadie le extraña ver a una estrella desnuda en la gran pantalla. Los atributos de las mujeres más deseadas del mundo del cine son mostrados con naturalidad. Y tanto las productoras como el público, ha salido ganando con la revolución del escándalo

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